Anoche el tenor catalán cerró su paso por nuestra nación con un recital en la provincia de San Juan, pero su show principal del sábado en el estadio Movistar Arena recibió críticas injustificadas y muy obtusos análisis, para un concierto que se debatió con situaciones absolutamente inesperadas.
(Capital Federal – Miércoles 04 de Junio de 2025) El periodismo en la Argentina atraviesa su mayor crisis de credibilidad de los últimos 2 siglos, tiempos donde los principales medios, afectados por la ausencia de pauta oficial, suplican disimulados por la vuelta de aquellas épocas en las que el país ingresó en la mayor crisis ético-moral que se recuerde en la larga historia de un territorio afectado por diversos motivos. El periodismo de espectáculos, una sección devenida ahora en anexo devaluado de los panoramas noticiosos, buscando darle una contemporaneidad con la atrofiante cataratas de imbecilidades que circunda de forma permanente por Internet, cada día deja mucho que desear y quienes leen las informaciones que se publican han dejado de asignarle el destacado valor que tuvo en otras épocas. En lo estrictamente musical, ignotas tipeadoras sumados a oportunistas que se creen mucho más importantes que aquellos temas que analizan, han pauperizado el análisis de las cosas que vienen sucediendo desde que las Torres Gemelas cayeron de manera macabra tras un duro ataque terrorista desde la órbita asiática. Las nuevas generaciones de lectores, esas que ya miran con mala cara un periódico y con desgastada paciencia todas las pantallas, vienen recibiendo hace dos sufridas décadas, las peores muestras de comunicación que el país puede presentar, algo que se pudo comprobar con el análisis en este caso del espectáculo que ofreció José Carreras en el Estadio Movistar Arena este último sábado.
La mediocridad que exhalan los analistas de música se torna indisimulable. Son capaces de crucificar a un monstruo de la música lírica y después lo más campantes recomendar la nueva camada de artistas urbanos, esa creciente secta de mediocres que arruinó el arte de escuchar la combinación de sonidos que depara el género tal cual lo conocemos. Nada es casual. La basura que suena en las radios, las principales plataformas, los boliches y los estridentes equipos de sonido de los patéticos autos los fines de semana a la noche, pone al descubierto que la música tal como la conocimos, no está muerta de casualidad con una sociedad que en vez de avanzar, parece disfrutar la nueva camada de simios que no saben cantar, que escriben una y otra vez de lo mismo, sin olvidar por supuesto ese típico patern de batería que suena como un lavarropas en proceso de tela de poliéster. Los críticos y la camada de panelistas del mundo audiovisual, celebran permanentemente la llegada de la mayor fecalidad que se recuerde en este vector creativo del arte. Ofrecerle a esta renovada sociedad de mediocres muertos en vida que degusta inmundicias sonoras, un plato de muy exquisitas obras de música lírica con las características que tuvo el concierto ofrecido en el barrio de Villa Crespo, resulta tan utópico en su efecto para millones de personas que por vagancia, comodidad y las escasas neuronas en funcionamiento que poseen, prefieren que la música deba ser consumida dentro de un bochornoso y obviable celular. Ofrecer algo de calidad en estos tiempos, depara sumirse a la desilusión de brindar excelencia, a millones de personas que prefieren sin cavilaciones la digestión más rápida posible, para no perder por supuesto contacto con esa vomitiva pantalla de 14 por 7 centímetros.
La realización del último concierto del prestigioso tenor catalán se dio en circunstancias muy poco afortunadas, puesto que una semana antes del espectáculo, falleció el músico, compositor y empresario Angel Mahler, dueño de la productora que generó el arribo de la famosa estrella lírica a nuestra nación, deparando un clima de obvia tensión, gran tristeza y estupor ante semejante pérdida personal y profesional. La primera pregunta que todos se hacen obviamente ante lo ocurrido este fin de semana, es porque este especial espectáculo fue programado en el Estadio Movistar Arena, entendiéndose que un evento como este no congeniaba demasiado con la estética de un estadio pensado para mega eventos de rock y pop en la ciudad de Buenos Aires. La respuesta es muy sencilla: No existe otro lugar con la características del Luna Park, un valioso lugar que el Arzobispado de Buenos Aires y la Iglesia Salesiana decidieron concesionar a la productora DF Entertainment, firma bajo el aura operativo de Live Nation, dupla empresarial que pretenden demoler internamente todo este lugar, algo que efectivamente no está autorizado, al haber sido declarado este coliseo de box como “Monumento Histórico Nacional” y ser un “Area de Protección Histórica de la Ciudad de Buenos Aires”. Aunque numerosos legisladores porteños en un principio, de manera insospechada decidieron en una trasnochada sesión sin discusión ni análisis autorizar esa postura para demoler, hecho que contradice todo lo legal, este gran conflicto quedó frenado, porque el aval final para dicho procedimiento depende del Vaticano, sin olvidar que existen solicitudes judiciales para que el Luna Park no sea demolido. Puesto en castellano: mientras no se defina esta cuestión, este estadio dejó desde principios de enero de 2025 de funcionar, con lo complicado que significa programar un show para 7000 espectadores en un estadio cerrado, en un lugar que tribute contigüidad entre el escenario y la audiencia.
No hay en Buenos Aires un lugar con todas estas características, a excepción del Movistar Arena, lugar estrenado a fines de 2018 con capacidad final para 15 mil personas, pero que puede funcionar en otros formatos de menor convocatoria, algo que se vino concretando en los conciertos de The Pretenders y Nile Rodgers & Chic en las últimas semanas, con el llamado “Stadium B”. A los organizadores del show de José Carreras, con el Luna Park cerrado y sin saberse su destino, solo les quedó este nuevo y moderno predio operativo, con lo que significa concretar un concierto lírico en un ámbito pensado principalmente para las huestes del rock y el pop. Anulada la segunda bandeja de plateas (aunque en la segunda parte del concierto unas 100 personas aparecieron sorpresivamente ahí sentadas), queda claro que el ámbito elegido termino siendo totalmente inapropiado para un evento de estas características, con público saturado a más no poder de papas fritas inundadas de Cheddar y muchísima cerveza en vasos de gran dimensiòn. Calma de concierto clásico cero. La orquesta de músicos argentinos que responde a Mahler Entertainment se tomó su tiempo para afinar con el imprescindible LA y recién después de bastante espera, ingresó David Giménez Carreras, sobrino del mítico tenor catalán, un director al que su enorme quietud y protocolo privó al evento de tener dinamismo al show que condujo. En el inicio, la orquesta arrancó con un fragmento de la ópera “Nabucco”, sinfonía de Giusepe Verdi en donde obviamente sobresalió el tramo del “Va Pensiero”. Entre tema y tema se repetía el ritual del director y el cantante de salir del escenario y regresar a los pocos segundos, un gesto físico que estiró los tiempos, desgastó a los involucrados y generó un fenómeno de sopor hasta que la orquesta retomaba las obras. José en su arranque cantó “Passione” de Nicola Valente y luego “Torna a Surriento” de Ernesto de Curtis, recibiendo aplausos de cortesía y no la verdadera ovación que ameritaba su presencia. ¿Estaría el público muy ocupado con el catering de los puestos internos del estadio, o con el celular filmando las pantallas de la cabecera? No había clima de despedida, apenas una respuesta formal ante un gigantesco artista que se brindó entero ante una audiencia totalmente devaluada.
La soprano argentina Verónica Cangemi, la misma que actuó con el español en su recital del 3 de junio de 2017 en el Luna Park, acompañó al catalán en la presentación, bloque de la primera parte donde cantó “A Vuchella” de Francesco Paolo Tosti. Luego llegó el gran duerto con el cantante hispano de “Je te veux” de Eric Satie, donde ambos ganaron gran confianza en este enorme proscenio de interacción, demasiado grande y cansador entre las incontables salidas y regresos al lugar de actuación. La orquesta bajo la batuta de David Giménez luego quedó sola para ir hacia un lado menos lírico cuando hicieron “Jazz Suite. Waltz 2” de Dmitri Shostakovich, un tramo mucho más continental y menos europeo en los arreglos. El tenor catalán volvió veloz a escena para encarar el “Lamento di Federico” de la obra “L’Arlesiana” de Franceso Cilea, único tramo del mundo lírico con la solitaria historia del pastor, dejando en claro que su magistral voz no luce dañada ni disminuída a sus 78 años, entonándola ajustado y en las notas de la pieza original. Disparatadamente, una vulgar tipeadora de un conocido medio porteño en su bochornoso análisis se animó realmente muy suelta de cuerpo, a señalar que el artista propuso una “afinación endeble”, definición que nos lleva a pensar donde estaba la cronista ubicada. ¿En el baño? ¿En el puesto de hamburguesas” ¿Con su celular escuchando mensajes de audio sentada en el inodoro?. El periodismo del área queda realmente muy desprestigiado con opiniones tan ausentes de formación y fuera de lugar, exponiendo que la renovación de críticos en los medios ha ingresado totalmente en un colapso de calidad tan preocupante, como aceptado por todos los editores y jefes de sección.
La soprano argentina regresó a escena para cantar “Ah, je ris de me voir si belle”, una parcela del Fausto …” de Charles Gounod, donde expuso su tendencia a ser mucho más efectista que efectiva, como si su garganta fuera un planeador haciendo cabriolas en una granja norteamericana al oeste del Atlántico. Este primer bloque finalizó con el propio Carreras encarando “The Impossible Dream”, en inglès, del musical “The Man of La Mancha” de Mitch Leigh. El público no parecía a esa altura de los acontecimientos todo lo enchufado que ameritaba, con un concierto donde el tenor se despedía de los escenarios argentinos, un evento que desconcertó de forma permanente por la ocasional distracción de la audiencia, frente a una leyenda de la música ofrendando su adiós al público de este país. ¿Habrá sido esto lo que detonó que el fenomenal cantante decidiese no acercarse al micrófono para musitar algunas palabras o agradecer a quienes sí lo ovacionaron como correspondía? Otro de los puntos que jugó en contra para sacarle ambiente al espectáculo, sin dudas fue el pésimo manejo del volumen general del evento a cargo del sonidista en la consola, extenso recital que tuvo una amplificación realmente muy liviana, lo que puso de inmediato en figurillas a los espectadores de la otra cabecera, quienes escucharon el audio del espectáculo sin el volumen que correspondía.
Si había algún entusiasmo existente a esa altura del espectáculo, el mismo quedó bastante mutilado con el previsible intervalo de 15 minutos, otro corte al ritmo del evento que dejó postales encontradas en la primera parte. Por un lado la emoción de todos aquellos que a fin de cuentas entendieron que era una despedida, poniéndole onda al reconocimiento al final de cada tema. Del otro lado, los que fueron a ver el adiós de alguien famoso en un gran estadio, pero sin el entusiasmo o la emoción por la significación de una situación así con ese peso histórico. Pero a la curiosa velada le faltaba todavía un momento emotivo, generado desgraciadamente por una muy mala noticia ocurrida apenas una semana antes del espectáculo. La inesperada muerte del productor del espectáculo de Carreras antes del esperado concierto no iba a pasar desapercibida, hecho que provocó justo al comienzo del segundo bloque una situación fuera de lo programado. En vez de regresar el director de la orquesta general David Giménez, quien sí hizo su ingreso al escenario fue Damián, el hijo de Angel Mahler, fallecido el pasado domingo 25 de mayo luego de batallar duro con un cáncer fulminante. Justo en los segundos en que ingresó el primogénito del reconocido compositor, director y funcionario cultural, las pantallas laterales mostraron una bella foto del talentoso creativo argentino, segundos donde estallaron los primeros aplausos fuertes de la noche en el moderno court de Villa Crespo.
Fue entonces que Damián Mahler subió a la mini-plataforma central y con la batuta en mano dirigió a los ejecutantes en un medley instrumental del musical “Drácula”, la obra de mayor impacto y trascendencia en la carrera de su padre, merecido recordatorio que se acompañó con un travelling de imágenes de quien conformó con Pepito Cibrián una de las más recordadas duplas en la historia de los musicales. El cierre de ese homenaje tuvo a la soprano Verónica Cangemi agradeciendo la ovación al pianista desaparecido, instantes donde la cantante destacó la presencia de varios familiares incluídos en la orquesta que concretó este concierto. Con el retorno de David Giménez se puso en marcha la segunda parte del recital despedida, ralentado retome donde Carreras cantó “Ya mis horas felices” de la obra “Las del Soto del Parral” del dueto Soutullo y Vert. Tras cartón, la soprano se hizo presente para cantar “Esta tarde ví llover” de Armando Manzanero, homenaje a esa figura latina del bolero que se prolongó cuando se sumó Carreras a su colega, para hacer juntos “Contigo Aprendí”. En el listado faltaban pocas obras y el tenor permaneció sobre escena para darle toda su magia, tonalidad y potencia al gran himno tanguero de Carlos Gardel “El día que me quieras”. La popularidad de estas canciones ayudó a que cierta parte del público dejara de lado esa postura gélida ante el show, aplaudiendo con más vitalidad, pero las cartas a esa altura del concierto parecían echadas. Carreras agradecía con sus brazos abiertos, pero no se acercaba al micrófono ni siquiera para musitar un minúsculo “gracias”. No había onda con esas personas que sentadas cerca del escenario estaban en otra, comiendo grasientas papas fritas con cheddar o varios pasados de alcohol para un evento que no lo ameritaba.
La orquesta conducida por David Giménez tuvo un último momento instrumental para lucirse con “La boda de Luis Alonso”, tras lo cual el tenor español cantó “Por tu Amor”, una pieza de Rosó Josep Ribas que sonó floja para el desenlace del evento en la noche porteña. Verónica Cangemi tributó una última intervención solista con “Me llaman la primorosa”, cuadro de “El Barbero de Sevilla” (Gerónimo Jiménez) que encontró a esta soprano jugando con subidas y bajadas vocales mucho más ligadas a lo pirotécnico que a lo canoro. Los espectadores en la platea mediale venían pidiendo a José Carreras “Core in grato”, pero el tenor lejos de corresponder a todos esos reclamos clausuró su lado solista con “Granada” de Agustín Lara, único tema donde la gente se puso de pie para aplaudirlo. Director y cantante casi de inmediato dejaron el escenario y se tomaron más de un minuto y medio para regresar, mientras se cumplían 120 minutos de espectáculo. La dupla volvió acompañada por la soprano, tramo donde como era de prever, encararon “Libiamo ne’lieti calici” de “La Traviata”, un brindis musical acompañado por bastantes palmas de la gente en las tribunas laterales. Seguidamente los tres recibieron un gran ramo de flores de los organizadores y pocos segundos después, sin mucho más, dejaron el proscenio, mientras la gente, lejos de reclamar algún bis, prefirió huir del lugar para revisar mensajes dentro del celular. El show despedida de Carreras se pareció a un concierto cualquiera, sin esa sensación de no verlo nunca más cantando en suelo argentino, espectáculo que dejó muy al desnudo que un estadio equivocado y una audiencia poco conectada, pueden romper la emoción que todavía puede proporcionar la música en muy contadas oportunidades. José Carreras mostró a sus 78 años un tono de voz contundente y claro, exponiendo que podría seguir haciendo estos conciertos, aunque ya su resistencia física no sería todo lo ideal para encarar óperas de duración prolongada con su consecuente desgaste corporal. Esta última travesía del tenor español por suelo patrio finalizó anoche con un gran recital en San Juan, lugar donde sí finalmente el cantante español tributó las hurras, ante un numeroso público que pareció valorar bastante más este formato de evento, que la aburguesada audiencia porteña, en una velada a metros de la Avenida Corrientes que asomó tan desangelada como incomprensible, por ciertas conductas del público del nuevo milenio, tan afín a las tecnologías, alimentos fast-food y la estúpida vanalidad por sobre todo lo demás.
Fotos Show «José Carreras en el Movistar Arena «: Prensa Agencia SMW 2025 (Silva Santos y Raul Casalotti)