En su onceava edición en el país, el festival registró la menor venta de entradas de su historia, dejando en claro que la decisión de no convocar músicos de importancia anglo comenzó a pasarle factura a esta congregación anual de generaciones muy poco exigentes.
(Buenos Aires – Martes 17 de Marzo de 2026) A doce años de su primera edición, luego de las inesperadas alteraciones calendarias que provocó la pandemia en 2020, el festival “Lollapalooza Argentina” concretó este último fin de semana durante tres días su onceava edición en el Hipódromo de San Isidro. El evento, acompañado afortunadamente por el buen tiempo reinante en el predio bonaerense de viernes a domingo, expuso los contrastes de una realización artística que con el paso de las temporadas fue empeorando su calidad sin que nada ni nadie alterase esa debacle cultural que signa las ediciones de la tradicional congregación de intérpretes en el amplio predio de San Isidro. Los nombres hablan por sí solos del descenso de figuras extranjeras, pero también cobró forma cómo se fueron reperfilando los módulos artísticos de la muestra, acompañado por el ingrato espacio que se le concede a la acotada representación local desde su debut hace más de una década de realizaciones. En el 2014, cuando el evento fue por única vez una absoluta producción de Fénix Entertainment (Marcelo Fígoli y Diego Finkelstein), los artistas que llegaron en ese momento fueron Red Hot Chili Peppers, Soundgarden, Arcade Fire y The Pixies, entre otros, acompañados por destacados músicos del país como los IKV o Airbag, en dos jornadas de shows desarrolladas los días 1y 2 de abril de aquél año. Está claro que la crisis a nivel mundial y un conjunto de factores entre los que no está excluído el perfil de agendas de varios grupos y solistas de renombre, modificó el contexto para armar los headliners, pero desafortunadamente la grilla de arribados hace muy pocos días al hipódromo bonaerense dio inocultable vergüenza con insípidos visitantes como Sabrina Carpenter, Lorde, Tyler The Creador y Chappell Roan, no precisamente números realmente prestigiosos en lo musical, sino parafernalia sonora pochoclera para los más chicos. No más comentarios su señoría.
Ya en 2023, cuando la pandemia de “covid 19” había quedado en el pasado, las primeras señales de desgaste o decaimiento comenzaron a notarse mientras el país buscaba salir de la brutal crisis económica generada durante la crisis sanitaria que llevó la inflación anual por arriba del 100 por ciento con la administración del presidente Alberto Fernández. En ese año, recién en la semana previa al clásico evento en la pista de carreras equinas, se pudo conocer que las localidades estaban casi agotadas a pocas horas de su realización en el formato de 3 días en esa zona cercana al río. La debacle financiera le pasó clara factura al nuevo lapso de gobierno nacional con el siguiente gobierno a principios de 2024, muy complicados tiempos en los que el “Lollapalooza Argentina” no solo dejó de agotar entradas sino que se vio obligado a promover incontables y desesperadas ofertas para quienes solían concurrir puntualmente cada año a la reconocida muestra bonaerense. Desde finales del 2025, la productora DF Entertainment, empresa que manejó magistralmente todas las ediciones hasta 2019 y supo manejar el retome laboral luego del cese del ASPO (Aislamiento Social Preventivo y Obligatorio) por unos meses, se vio obligada a lanzar una agresiva campaña para buscar revertir la caída de tickets de los últimos años. Pero ni aún así pudo cambiar esta tendencia negativa que dejó como dato concluyente que el festival en este 2026 no solo no agotó entradas, sino que tuvo la menor presencia de espectadores en su historia, por más que una gacetilla informativa aludiese en las últimas horas a la frase “300.000 Gracias”. Los responsables de la ticketeadora del festival, en las últimas horas del arranque de esta última edición confirmaron que había a la venta un gran volumen de entradas sin ninguna clase de inconvenientes. O sea, ningún «Sold Out” ni cifras cercanas a esa fallida y holográfica comunicación de medios difundida ayer desde una casilla profesional de mails.
A mitad de la década pasada, cuando con varias ediciones desarrolladas con gran éxito artístico y comercial el empresario Diego Finkelstein asumió el proyecto de expandir el concepto de “Lollapalooza” a una cosa mucho más grande, acontecieron momentos donde los distintos acuerdos con sponsors y auspiciantes convirtieron a este gran evento en algo mucho más complejo y entretenido para los distintos perfiles a los que se enfocó seducir. El crecimiento del “Kidzapalooza” y otros aspectos de la dinámica en el lugar llevaron a que la estadía por tres jornadas en el Hipódromo se convirtiese en un evento de alto impacto familiar, buscando que esta clase de grupo social concurriese de manera masiva y agrupada a la muestra sonora. El resultado a estas iniciativas fue tan contundente, que las ediciones previas a la pandemia alcanzaron a poco de anunciados los line-up de cada año una fantástica demanda de entradas. Todos los conocimientos en mercadotecnia del joven empresario con su productora DF Entertainment fueron apropiados para poder expandir el concepto y lograr que antes de ponerse en venta las entradas al público, desde lo comercial todo cerrara perfectamente con el aporte de los numerosos sponsors del evento, algo que se comprobó muchas veces cuando famosas marcas comerciales instalaron sus stands en la muestra de San Isidro. La sinergia de esos comportamientos y todas esas maniobras al respecto desarrolladas por Finkelstein, depararon un excelente negocio con las firmas para financiar de pleno el costo global del festival y así alcanzar buenas ganancias con apropiada inversión, incluyendo el loteo del terreno para marcas y auspiciantes. Entre las buenas decisiones en ese rubro y una gama de ediciones que contaron con figuras musicales muy prestigiosas, el festival sin dudas se convirtió en el evento del año hasta poco antes de la pandemia, cuando llegaron al país grandes figuras como los Duran Duran, The Killers, Noel y Liam Gallagher (del grupo «Oasis» por separado), The Strokes, Eminem, Lenny Kravitz, The Week End y Metallica, entre otros.
Después de la pandemia, todo en la industria artística vivió modificaciones de peso y la música en ese sentido también acusó el impacto de la crisis sanitaria. El “Lollapalooza Argentina” no se llevó a cabo durante 2020 y 2021, regresando finalmente en 2022. Sin dudas en ese lapso de dos temporadas sin actividad presencial, las cosas se modificaron sustancialmente en todos los ámbitos musicales. Los muy drásticos cambios que habían asomado durante la segunda década ya en la actual se han corporizado con gran firmeza, especialmente en todas las tradiciones y conductas ligadas a la industria discográfica. El público que asiste a este festival en San Isidro ya no pertenece a esa histórica masa de melómanos que en su momento compraban discos de sus artistas en los distintos formatos, pues los más jóvenes actualmente oyen temas en las plataformas desde el celular o la PC. Entre los cambios que se perciben tras la crisis sanitaria, el principal es el fuerte descenso de edad de los asistentes a los shows, muy fans de las redes sociales y otras formas de comunicación digital, pero al mismo tiempo nulamente formados cultural y musicalmente, por lo cual este target es más de seguir bastante más las tendencias de moda y no tener un gusto artístico formado con el lento paso de los años. Eso ha provocado sin dudas también que las grillas de la post-pandemia luzcan mucho más saturadas de intérpretes efectistas y no efectivos, gente más inclinada a lo pirotécnico y mediático que a lo artístico. La música desgraciadamente ha pasado a un segundo o tercer plano en la consideración de la audiencia, sin olvidar a los organizadores extranjeros y locales. Los grandes de la música brillan por su ausencia, pero esto no es una casualidad o una conducta polémica de los músicos. Los intérpretes de calidad son sencillamente una «comida de lujo» para una chiquilinada o aquellos aggiornados adultos que se arreglan en el Hipódromo de San Isidro con «fast food musical» de dudoso valor artístico. Si bien la edición 2022, primera de la muestra tras la crisis sanitaria sumó a Miley Cyrus y Foo Fighters como centrales headliners, el resto de la grilla del «Lollapalooza» alertó fuertemente a los fans del evento y también a los sponsors sobre que las cosas no estaban con la calidad de otros tiempos.
Si la difusión del “Lollapalooza Argentina” era antes de la pandemia de efecto nacional, luego de la misma se volcó a una estructura mucho más focalizada. Los medios musicales especializados fueron marginados arbitrariamente de esa función, porque obviamente en las últimas ediciones ya no se trata de hablar de música, sino de un sofisticado circo oxidado con una comunidad de monigotes especialistas en cualquier cosa menos en cantar o tocar. Según la mirada de un sector de la producción local del evento, los medios especializados o aquellos más volcados a lo estrictamente musical no suman público a la venta de entradas, tal como señalaron desde un sector específico de la productora. En su acelerado reemplazo llegó una nueva comunidad tecnológica para ocupar ese lugar: los «influencers». Con miles o millones de seguidores (que en algunos casos se adquieren para simular ante alguna manager de prensa o empresa organizadora), los productores del evento consideran que ese volumen desde las redes sociales pueden darles un fuerte espaldarazo en la previa del festival, respaldando la venta de tickets. Si esa teoría tenía alguna clase de sustento entre la gente de la industria, sin dudas con la reciente edición, esa lectura pecó de muy sobradora y recibió cuando menos lo esperaba un misil que la dejó sencillamente carbonizada. A los «influencers» no les importan demasiado lo que deben difundir y lo hacen tan forzada o artificialmente que ya no les cree nadie, una bochornosa gama de personajes interesados en sus posturas ególatras olvidando que los jóvenes a pesar de todo, también miran los contenidos para ver donde encontrarse presencialmente, sin olvidar sobr todo que los «influencers» no saben escribir muy bien y reducen sus comunicaciones a una foto o frase muy breve. Por eso, ante la baja cifra de tickets vendidos en esta ocasión, nunca más claro se percibe que ha ocurrido, a pesar de las desmentidas o los graciosos comunicados difusionales con esteroides, un brutal y estrepitoso fracaso de los denominados «influencers» con todas sus redes sociales a la hora de traccionar la necesaria venta de entradas.
El “Lollapalooza Argentina” tiene un respaldo acordado cada año con cierta estructura, fruto de un arreglo comercial con Clarín, La Nación, Infobae, TN, Página 12 y Personal, que expone desde FLOW no solo las alternativas de los shows en el Hipódromo, sino toda la difusión previa del evento en esa gigantesca plataforma de streaming. Esta breve enunciación, lo que hace es dejar en claro que si el festival durante su realización recibe una mención destacada en la tapa de un diario o en su cuerpo principal, no es porque el evento en cuestión sea genial y así lo amerite, sino porque existen compromisos comerciales en los que se aceptó que durante ese fin de semana las tapas de los matutinos incluyan al evento en sus noticias destacadas, algo que también ocurre en las webs de esos medios buscando conformar un murallón informativo para hacerle creer al consumidor que esa realización es un éxito inconmensurable. El blindaje del evento incluye una voluminosa cantidad de jóvenes y devaluadas tipeadoras – muy difícil llamarlas periodistas o comunicadoras-, quienes ensalzan las peores porquerías sonoras en ese monopolio femirulo difusional destinado a gestar una realidad inexistente, desnudando no solo un objetivo comercial pre-acordado, sino también la decisión de los editores de no escribir sobre el tema y que las mujeres «empoderadas» hagan el trabajo sucio. En otro orden, el uso de los drones en el predio sin dudas les jugó muy en contra a los organizadores, porque desde arriba pudieron verse los claros en las inmediaciones de los escenarios, ocasión en la que la cercanía a los mismos desnudó que la gente no estaba amontonada ni nada por el estilo. Cualquiera a treinta metros de cualquier escenario podía acercarse al mangrullo adjunto de los mismos, sin demasiada dificultad para movilizarse hacia dicho lugar. Sin duda este artilugio técnico buscó mostrar contundencia y sofisticación visual, pero lo que logró fue exponer claramente que los números expresados desde la producción, solo fueron un legal deseo de los organizadores, que desafortunadamente no pudo alcanzarse.
Otros factores también le jugaron adversamente a la realización del festival. Si los canales de la plataforma FLOW (Personal) transmiten en directo los shows del evento, ¿quién tiene ganas de ver recitales en dicho predio en vivo cuando la suscripción del sistema es varias veces más barata que un abono presencial, ofreciendo la chance de seguir todos los escenarios al mismo tiempo sin moverse desde su casa o en celular de turno? El desgaste inocultable de una realización que empieza a vivenciar una corrosión estructural, quedó también expuesto en la forma de desconcentración que tiene el Hipódromo de San Isidro después de cada una de las jornadas. Los embotellamientos para llegar, irse y estacionar, sumaron el conflicto de la drástica reducción de líneas de transporte público con ese lugar de actividad. Resulta patético que la organización luego de más de una década llevando a cabo esta supuesta muestra artística, todavía no hay podido articular un sistema de “LollaBus” que lleve a los interesados de San Isidro al Obelisco con viajes cada quince minutos, tanto de ida como de regreso. En cuanto a la baja demanda de abonos para el festival, la misma productora DF Entertainment ha conspirado para que la venta de tickets no sea como en sus comienzos, un defecto que emerge devenido de la realización de numerosos recitales de la misma empresa en otros lugares antes y después del famoso festival que coordina el histórico cantante extranjero Perry Farrell. Entre otras curiosidades que los medios habituales no mencionan, conviene recordar que el “Lollapalooza Argentina” hace dos años que perdió el recordado Estadio Luna Park como un espacio para “B-Sides shows», después de una fallida concesión a favor de DF Entertainment, que dejó al mítico estadio clausurado, al comprobarse que lo que pretendía la productora al renovarlo iba contra la articulación legal que permite un sitio histórico como ese. Hoy el recordado “Coliseo de Box” que regenteó el conocido productor Ernesto “Tito” Lectoure luce tristemente cerrado, con un aire de abandono, mientras por el momento todo aparece muy lejos en cuanto a abrir sus instalaciones al menos aunque sea con su anterior formato operativo.
El último aspecto del análisis no es menor. La participación argentina en las ediciones del “Lollapalooza Argentina” desde la llegada de la muestra foránea al país es un desgastante dolor de muelas para quienes acepten tocar en ese festival. Existen dos opciones muy diferenciadas. Una es tocar con suerte en un escenario principal con muy poco público en un horario de arranque, carbonizándose bajo el sol como les pasó a los Massacre el domingo 15 o también a Yami Safdie en otro stage en dicha jornada, calorífera performance de esta última que sumó como valiosos invitados a Coti Sorokin y Soledad Pastorutti. La otra posibilidad es, en el mejor de los casos, tocar en horario nocturno central, pero en un escenario mucho más chico al de una kermesse vecinal en la localidad de Banfield. Este último domingo Los Ratones Paranoicos, con 40 años de carrera y un prestigio más grande que el «Lollapalooza» debieron desarrollar su espectáculo en el Alternative Stage, un proscenio lateral de baja calidad técnica luchando contra el estruendoso sonido de la vulgar payasita pop Sabrina Carpenter, simpática figura apuntando a los adolescentes y no tanto, quien apenas cerró la fiesta bonaerense sin dar nauseas. Turf sufrió con una mala definición de sonido en horario vermut del día inaugural, mientras que Paulo Londra hizo sus morisquetas urbanas en un horario algo mainstream pero con un planteo artístico sencillamente insufrible.
Massacre en la última jornada tuvo un escenario apropiado, pero en el peor momento climático de la tarde y ese agobio térmico les jugó totalmente en contra a los dirigidos por Guillermo Cidade (Wallas). Ni hablar lo mucho que transpiraron el animador Topa y la cantante Panam con sus disfraces en el escenario infantil de este «corsódromo concheto». Desde su desembarco en Argentina, ningún artista local tuvo un horario y escenario apropiado, postura que convenció a todos los fans de estos reconocidos artistas de no ir a verlos en condiciones tan deterioradas, sabiendo que en algún momento del año podrán presenciar una performance más larga de su artista favorito en un espacio apropiado y con buena producción. El sábado 14, respaldada por la estructura mediática del festival, Soledad Pastorutti instaló un perfil algo diferente de sus recitales en el interior, pero muy lejos estuvo lo suyo de ser una peña folklórica al más puro estilo Cosquín. La brillante artista de Arequito expuso todos sus pergaminos en una estructura muy poco acorde a su calidad profesional y contó con Ale Sergi y Juliana Gattas en un tramo como invitados. Perdón…¿No es que Miranda había cesado sus apariciones oficiales en vivo? Las conclusiones del onceavo episodio del “Lollapalooza Argentina” dejaron más sombras que luces, quedando en claro que de la brillante muestra hecha hace doce años ya no queda nada y hoy este encuentro adolescente solo se trata de un devaluado evento comercial sin alma ni arte.
Fotos “Lollapalooza Argentina”:Prensa DF Entertainment 2026